jueves, 6 de febrero de 2020

CAPITULO XX LA NOTICIA

                   

Beatriz Elena. Batarzy Anatoly está con Beatriz Elena Morales Estrada y Morales Estrada Beatriz Elena.
Publicado por Morales Estrada Beatriz Elena · 20 de noviembre de 2016 ·
BEATRIZ ELENA ©MORALES ESTRADA Copyright
CAPÍTULO XX
(20)
LA NOTICIA
Transcurrió el tiempo, la salud de Galo se había ido deteriorando, después de cinco o más años; Flor la llamó, para contarle que Carlos Mario, había muerto, él sabía que estaba enfermo de gravedad, pero no quería que nadie se enterara, exceptuando su amigo, el rubio, que lo acompañó hasta el último segundo.
Adíela, su madre, no quiso ir al entierro, se avergonzaba de tener un hijo marica; dicen que Galo antes de morir grito así ¡Ay de mí, que no tengo madre! La mujer que me parió, rechaza, lo que salió de su propio vientre, más le valdría a ella, no haberme tenido; pero por haberme rechazado, su solo rostro en el espejo, verá el mío, antes de exhalar su último suspiro.
¡Ay! Cuantos Galos no hay en el mundo, rechazados por ser diferentes, cuantas de vosotras mujeres y de vosotros hombres machos, que de puros machos se revientan por dentro, sus intestinos se estallan, sin haber derramado una sola lágrima; cuantos de ustedes, tienen hijos maricas, que ni los quieren, ni los aceptan. Te perdono ¡Mujer que me pariste!
También antes de morir, te dejó escrita una carta, la dejó conmigo, no te la había hecho llegar, porque cambiaste de dirección varias veces, hasta que el amigo de Rubén, nos contó que, se había encontrado contigo, y que te había pedido el número de teléfono.
Pero Rubén, tan pronto como pueda, te la va a hacer llegar, yo no puedo porque ando en luna de miel con mi amiga Teresa y mañana salimos de viaje.
Flor, paró de hablar un momento; Amanda lamento, lo de aquella noche, sé que no se puede forzar a nadie a hacer lo que no le gusta, disculpa.
¡Ba! No te preocupes por eso, son cosas, actitudes de nuestra inconsciencia; por lo demás, todos la pasamos muy bien aquella vez.
Amanda colgó el auricular y se tendió sobre la cama, boca arriba, de frente a la pared blanca del techo, una música suave, llegaba desde el equipo de sonido.
Sus ojos, se iban cerrando, a su vez oscilaban, entre la pared del techo y un cuadro, en donde se veía de cuerpo entero, la imagen del arcángel san Gabriel, volando hacía la tierra, sus alas, surgiendo de sus lomos y de un color azul, desplegadas.
Sus vestiduras infladas por el aire, su mirada ligeramente inclinada, fija en un sólo lugar y como buscando con ella, su mano derecha, con el dedo índice a medio levantar, señalando en esa misma dirección; entonces pensó; dichoso aquel o aquella que, estuviese bajo el cobijo de esa mirada, que designa, que nombra que muestra, que señala, que elije, siendo a su vez, plenitud creadora y es que el arcángel san Gabriel, representa también, la fecundidad de la vida.
Sin Gabriel, es imposible pensar a María y por ende a Jesucristo, con ellos se potencializa, el tiempo venidero, el que, por medio de la sangre preciosa, daría pie, al entendimiento del verbo encarnado; se volteó de lado y se sentó en su cama, habló en un tono alto, como si hablase con alguien y dijo, porque es, que, oiga usted; por medio de ella, el hombre, cuya esencia le pertenece, ya que es suya, será despertado.
Tendrá que despertar, entonces caerá, por su propio peso, el ave, que era de blanco plumón, el que codicio el cielo para sí, y que ahora, lo quiere quemar; el que subordinó a los hombres y los sometió a una esclavitud sin fin y casi a una oscuridad perpetua.
Ese es, el que condena a los hombres y los acusa, después de seducirlos Así, escuchaba Amanda ese pequeño diálogo de su ser.
Se recostó de nuevo, quedando, hacía un lado, otras imágenes aparecieron en su memoria, el recuerdo de Aída López, pensó en ella, como se piensa, en alguien con la que compartió algunos momentos, cosas bonitas.
En aquel entonces, Aída tenía veinte años, un niño pequeño y un marido, al que se tiene, más por la costumbre o el miedo a quedarse sola, un hombre maltratador y machista que le pegaba, si no hacía lo que él quería. Era un poco frívola. Pero buena gente.
Tenía un almacén, que era de su propiedad, vendía cosméticos y otro tipo de cosas y Amanda siempre pasaba por allí, porque era la ruta que, le quedaba más cerca, para poder coger el bus.
Un día necesitó entrar; compró algunas cosas que le hacían falta, buenas tardes ¿Qué sé le ofrece? Véndame éste champú y ésta crema de manos. ¿Algo más? Sí, véndeme estos pañuelitos desechables, sí, con eso es suficiente, con una voz que denotaba alegría, Aída, le preguntó ¿Vive por aquí cerquita? Sí, como a dos cuadras, más hacia allá, si, es que, como siempre la veo pasar ¡Aaaa! Vea la encimita ¿Qué son? No, unos chocolates, para que deguste ¡Hay que rico! Me encantan estos, gracias, bueno, me voy, se me hace tarde, chao
Con los días, Amanda siguió entrando, se saludaban, hasta, que se hicieron buenas amigas, otro día, Amanda pasaba pero, iba como de afán, Aída la abordó ¿Para dónde vas Amanda? No, lo que pasa es, que estoy buscando un empleo y la condición, para que me lo den, es que acuda a unas conferencias de crecimiento personal ¿Y son buenas? Sí, pero allí hablan de toda clase de sutilezas y banalidades, de tonterías, en realidad no hablan de nada esencial ¿Será qué yo te puedo acompañar? ¡Si claro vamos!
¿Pero y su marido si la deja? Yo no creo, él es tan jodido, pero si yo, le explico de qué se trata, a lo mejor, me deja ir; hay sí, porque ya estoy aburrida de tanta rutina; bueno cuando obtengas el permiso, entonces vamos. Bueno
Días después, Aída obtuvo el permiso y se fue con Amanda, para una de las conferencias, después de eso, asistieron a algunas más, un día, la reunión estaba más tediosa, que en otras ocasiones y Amanda le preguntó a Aída ¿Te quieres quedar? Esto está muy harto, no avanzan en nada; no, yo hago lo que vos digas; entonces vamos y nos tomamos dos cervezas. Bueno.
Salieron y entraron a un lugar, que parecía ser una taberna, pero que no lo era, el sitio era pequeño, las paredes, estaban adornadas con cuadros de cantantes de boleros ya fallecidos, fotos estáticas, detenidas en un sólo gesto, olvidadas, del movimiento continuo de las cosas, se veía además, un cuadro, con la imagen de Carlos Gardel,
Detrás del bar, una pareja se hallaba sentada, en una mesa, junto a una pared abollonada por cojines, de color rojo, casi encendido, las mesas eran de color madera, pero los taburetes eran del mismo color de la pared, blancos.
Amanda reparó en ellos, el tipo era moreno, con un bigote bien delineado, el agujero de su boca estaba adornado por unos labios sensuales, tenía enlazada a una mujer más joven, que él, que ya rozaba los cincuenta y pico.
Ella le acariciaba su barriga, que sobresalía, como una petaca; tan lindo mi papi, un poco más hacia afuera, en otra mesa, otros señores, charlaban con mucha jocosidad, mientras bebían aguardiente.
Las dos mujeres, entraron y se sentaron hacía adentro, la calle estaba húmeda, recién había llovido, los hombres las repararon, de los pies a la cabeza, fijando, más su atención en Aída y luego siguieron chalaneando en lo suyo.
Una mujer muy seria, con cara repelentica las atendió ¿Qué van a tomar? Danos dos cervezas por favor. Después de traerles las cervezas; Aída se interesó por los zapatos de la mesera, que eran de color blanco, hay qué bonitos ¿Qué? Dijo la mujer, sonriendo halagada. Los zapatos.
Esta era bajita y tenía el pelo pintado de amarillo, con tintes verdes.
No era ni vieja, ni joven, una edad no definida ¿Sus zapatos, dónde los compró? No, mami, estos, ya no se consiguen, pero abriéndose un poco más, les contó en donde los había comprado, si son unas chanclas muy bonitas.
Gracias, a la orden muñecas; se alejó, para atender otros clientes, que ya llegaban.
Ya después, charlaron de cosas ínfimas, se rieron divertidas y Aída, le dijo; hay, yo te veía pasar y era con unas ganas de que vos entraras ¿Así?
En cambio a mí, pensó; nunca se me había ocurrido. Aída, era una mujer bonita; para ese momento a Amanda le daba igual todo, nada le llamaba la atención, desde que su joven amigo se fue, ese muchacho que siempre quiso y que partió para lejanas tierras con otra mujer.
Es una lástima, pensó; se sentía bien con su amiga, se entretenía, le divertía ya que hablaba de todo; hasta bobadas.
Mira la hora que es, dijo Amanda ¿Nos vamos ya? Sí. ¡Miércoles! Me va a matar mi marido; al salir tomaron un colectivo, que en el transcurso del camino, se había ido quedado vacío, ya que las gentes, lo iban desocupando en la medida que llegaba a su destino.
Como estaba tan tarde, cogieron un carro, que las dejó mucho más abajo, de sus casas, ya que el de la ruta, no pasaba, a esa hora.
Mientras el carro, se deslizaba, Aída, se pegaba al cuerpo de Amanda, está al notarlo, reparó en ella, tenía unos ojos grandes de color miel, unos labios rojos y gordezuelos y unas ganas inmensas de ser amada; pobrecita pensó. Entonces en silencio, Amanda, tomó sus manos y Aída se recostó en su hombro.
Se bajaron del colectivo y se subieron a pie, por toda una avenida.
Justo ese día, Antonio, salía tarde, de una reunión con los hermanos y vio con asombro, como aquella mujer se arrojaba en los brazos de su media hermana y la besaba. Bueno, no exactamente.
¡Dos mujeres besándose! ¡Qué asco! Casi grito Antonio con espanto.
Lo que sucedió fue, que Aída se plegó al cuerpo de Amanda y todo el calor y la ternura, que le habían faltado, los encontró allí, en ese abrazo intenso.
Entonces al despedirse, la beso con mucha calidez y cariño, en la mejilla.
Pero no fue, exactamente un beso.
Por su parte Amanda, no supo, en qué momento, se ausentó de sí misma y se fundió en el olvido; es decir en aquel abrazo cálido, fraternal.
Así fue, que a ambas, el mundo se les borró, porque así, como el sueño, suele ser una especie de muerte pequeña y clandestina, así para aquellas a las que, el amor les había faltado; en un instante, del tiempo, se reencontraron, en la calidez de las almas. Y eso fue todo.
Y en este caso lo fraternal de la amistad, es algo propio de aquel, que lo padece o lo disfruta, es suyo, sólo suyo y de nadie más.
Beatriz Elena Morales @Estrada   

BEATRIZ ELENA MORALES ESTRADA
RADICACIÔN DE ENTRADA 1-2010-26128 Colombia



[1]  Carlos Gardel, cantante, de origen   argentino, fallecido en la ciudad de Medellín, en un accidente aéreo) con su sombrero puesto.
[2] Chalaneando: Charlar,  conversar perder el tiempo 

lunes, 3 de febrero de 2020

Desiertos

     





                                                      Desiertos

Y una voz que grita en el desierto;  horizontes lejanos y perdidos en la penumbra. Oquedades craneanas; cúmulos de recuerdos, mi cabeza rodando  en  un soleado paraíso de enjambres de abejas; un tajo de espada me  la arrebató   y ahora la  tengo   perdida; y todo   por culpa de esa asquerosa mujer Herodías y su  hija.  Al mismo tiempo,  siento  y oigo  esos sonidos;   como   gestación de un tren en la memoria, tal como si fuera la  estación última y primera de las cosas;  en donde la partitura del ensueño  y de una  desilusion , que ya no se cantan,  tañen campanas de despedida,  sin despedida; porque el otoño y la primavera permanecen juntos,  juntos   conviven  con los ojos y los párpados hormigueándoles  el cerebro, que destila mariposas y estas,  se elevan sobre tejas y entejados azules; disfrutando el santiamén de unos segundos de rascacielos,  en el paraíso suburbano de las venas y de las sangres; mientras mi cabeza rueda y rueda marginada de lloros y de pesadumbres ajenas,   y la bandeja  ha sido puesta ante sus ojos delirantes; delante del cobarde y vil tirano; que ya no puede volverse atrás.   Dado que sucumbió  ante los encantos del hades,  encarnado en la danza de la tal Salomé y  mientras las copas han sido levantadas y los ignotos disfrutan   de  la libación de la sangre entre sus labios babosos   y  entonces, entonces   cae el telón y   mi cabeza   en aras de la maldad yace,  cual suculento manjar ante los espantados ojos del rey.  

Beatriz Elena Morales Estrada @colprint derechos reservados 

El bosque sempiterno




                                                 El bosque sempiterno

              Ciertamente en este mismo año que corre, en el año azul,  existió un rey,  que casi nadie conoció; es tan cierto, lo que digo, como que las estrellas al morir son diamantes flotando en el espacio a través   de una espiral de materia imperceptible; la misma  que las  formó   y de la cual,  está hecho todo  en el universo.
Una estrella hizo  implosión hacia su interior,  como lo hacen siempre las estrellas cuando mueren  y se contraen, se rompen desde adentro hacia afuera a millones de años luz,  en algún lugar del universo, tiempo, espacio y así mismo es que  algunos de nosotros implosionamos también,  desde adentro.
Y    como se  los  estoy  diciendo;   ese rey se llamó Darío; no era ningún ricachón,  ni ningún emperador,  ningún diputado;  ni nada por el estilo; era tan solo un hombre. Sí.  Un hombre bueno, que  gobernaba con sabiduría su casa y era tan responsable con la madre y con las hermanas; un día,  un peón,  de esos que arrastran  la envida entre los pies;  lo escupió en el rostro y él.  Él  en lugar de mandarlo a  matar; ya que como rey,  tenía ese privilegio, lo miró y siguió de largo y es que el hombrecito,  le llevaba la rabia,  porque una mujer muy bella lo amaba.  Una niña que a Darío acompañaba veía con impotencia los insultos del agresor; pero él siempre,  era tan callado y su consejero le dijo que deberían decapitar al hombrecito  ese; y  este con un dulce gesto, le ordenó que no, que olvidara  el asunto; de manera que  este,  solo se encogió de hombros, puesto que no entendía nada. Cierto día el rey Darío decidió darse una zambullida en el lago azul,  que tenían dentro de su reino y por supuesto llevó a la niña con él y la sumergió en el estanque  cargándola sobre sus  espaldas,  para que no le pasara  nada y también cuando la niña era una bebé,  el solía cargarla al lomo y eso ahuyentaba los fantasmas del campo oscuro y constelado. Fue cuando vino ella,  la Griselda era una doncella tan hermosa como una de  las estrellas más brillantes,  que alumbraba el firmamento.  Llevaba  una  diadema de diamantes,  que adornaban su  frente y envolvían su larga cabellera;   entonces fue hacia él. Hacia el gran rey Darío,  que salió anonadado y con la niña en el lomo;  chorreando agua por todas partes; ¡oh! hermosa dama; dejad al menos,  que me cambie estas ropas. Ella soltó una risa, pero al instante se contuvo y alargando su gentil mano,  le dijo ¡Oh!  Hermoso rey y caballero,  nada os conturbe,   pues de mis ojos,  eres prenda segura;  así que mojado o seco ablandas este corazón,  que te Admira; tomad estas prendas,  que os he traído y vestiros con ellas,  mientras,  dame a la niña para yo reconocer en ella,  tu hermandad, también en las estrellas. Es mi hermana,  sonrió y  fue a cambiarse,  en eso momentos no cabía en sí,  de la alegría  y mientras se colocaba  su traje,  engalanado con el amor de la felicidad  no efímera;  pues sabía que con la dama,  casamiento había,   salió  ya seco y  de vestido radiante,  cuando  sintió que una  lagartija gigante,  lo atacó mordiendo su  costado y la comandaba justamente el feo y envidioso  chofer de la familia;  el puerco que lo escupía todo el tiempo,  en el rostro.  Al oír su grito,  la dama con la niña,  corrieron,  llegando  justo en el momento,  en que una serpiente venenosa  lo iba a morder por el cuello.  La dama  sacó su  espada de esgrima y el arrojo sobre el asqueroso reptil,  cortándole la cabeza al instante.  Al verla el servil chofer; que estaba oculto mandándole estas cosas a su rey;  se arrojó a sus pies ¡oh!  Hermosa dama;  intente  ayudarlo, pero no pude;  entonces la niña grito es mentira, el miente; lo sé, lo sé  dijo ella;  este baboso  me lleva las ganas  hace más de cuatrocientos años; así; que le dijo;  quítate de mí vista o te arrojaré  al estanque de las caimanes grandes,  para que te coman la cabeza.  El Hombrecito al instante  se alejó lamiéndose el odio  entre sus dientes de reptil hediondo;  pero el mal ya estaba hecho y el veneno del lagarto comenzó a hacer efecto.  Ya no hay tiempo  que perder un médico,  pronto gritaron juntas;  mientras Darío se retorcía del dolor. Al escuchar los gritos vinieron entonces los peones  que trabajaban  en  el bosque sempiterno y lo llevaron a la  casa hospital donde, lo atendieron con premura y Darío, el rey;   después de eso,  vivió  doscientos  años más y perdonó  al lagarto y al chofer  pero los arrojó  lejos de su bosque.  Darío gobernó con justicia y equidad,  durante todo ese tiempo al lado,  de la hermosa dama. Su hermanita menor,  quiso ser la consejera  de su reino y siempre al lado de su hermano,  el rey Darío. Después de los doscientos años: en  una lejana comarca  vivía  la princesa niver;  quien lo invitó  a una fiesta que se celebraba en su casa;  sin embargo,  el fulano chofer que había sido expulsado del reino  y que vivió todo ese tiempo para vengarse,  no se quedó con las ganas y en esa salida que hizo el rey Darío y en descuido de todos; aprovechando que este salió al orinal; le disparó un arma a quemarropa por las espaldas y en el cerebro.  Esta vez nadie,  se enteró de la tal hecho, hasta el otro día;  así que Darío fue  a parar  a un hostial fuera de su reino;  en donde lo dejaron morir como a cualquier fulano;  mientras el reptil ano envidioso  disfrutaba el veneno de su envidia.
 Durante toda la noche el rey no cesó  de llamar a su dama y a su niña,  pero nadie acudió.  Darío el rey,  explotó en  llanto y angustia;  su interior reventó  y  se convirtió  en una estrella lejana,  en medio de una constelación, llamada el bosque sempiterno; allí  la dama en cuestión y su niña,  no dejan de mirar  y siempre  habitando en el bosque. Esta vez, la dama mandó  a construir una prisión en donde el envidioso  chofer, o peón,  pasara el  resto de su vida,  junto con el lagarto gigante. No obstante,  la niña supo que según una antigua promesa,  el rey Darío volvería a renacer al transcurrir de unos cuatrocientos años más y a gobernar con justicia y equidad. La dama originaria de las estrellas esperaría por él; lo que fuera necesario  y según su duración en el tiempo. Mientras tanto  reinaría  su hermanita.  

Beatriz Elena Morales Estrada@colprinth 

jueves, 17 de enero de 2019

CUENTOS AL TRASLUZ © Copyright NARRACIONES CORTAS






CUENTOS AL TRASLUZ

© Copyright NARRACIONES CORTAS

LA MUJER

Recuerdo que una noche, aquella mujer andaba por ahí, como si se hubiera despotricado. Vagaba sola por la calle, casi como una loca. Fue cuando se acordó, entonces me vio y me abrazó...

ÉL

Se despertó llorando y su pecho hallábase en agonía, un dolor en algún lugar, muy dentro, lo oprimía. Entonces dijo, mis mujeres me dejaron y ya no podré escribir sobre ella, acerca de mi ella y para colmo no tengo un centavo para invitarla tan siquiera a tomarse una cerveza. Entonces oprimió el gatillo sobre su sien, pero no tenía balas.

LA OBSESIÓN

No andaré errante ante los tubos de mi memoria, no y no tropezaré con holgazanes de la dicha. No andaré con el trasero por ahí, expuesto al frío y al calor. ¡Qué dirán los demás! Pues que digan lo que quieran, total, es mi trasero, ¿no?

Pero no crean, que estoy obsesionado por un trasero, no, ni siquiera por el mío... bueno y al fin de cuentas ni siquiera por el tuyo. Bueno no, en verdad no, yo no soy así...
Bueno esa es mi forma de ser, de sentir.

LA NUEVA
¿Profe, me compra un tinto?, Sí claro, por qué no; ahí, tan linda la profe, tomé, tomé la plata...
¡Ring, ring!, ¡a clases!; la nueva, favor presentarse en la oficina de la rectora, ¿yo?, sí, usted.
Me he enterado que le acaba de comprar un tinto a una alumna; Sí así es; está usted despedida por acolitar a esa alumna a que se empepara, pero... Sin peros; firme usted la carta de renuncia, está bien; Ahí, tan linda la profe, resultó buena cuartera, chao parce”.


DESCRIPCIÓN

Estatura mediana, morena, gruesa; una frente bastante amplia de las cejas hacia arriba. Sienes un poco abombadas, cejas arqueadas, un poco espesas en la parte donde se originan y ya la parte donde terminan descendían más delgadas, las orejas le quedaban un poco más abajo de las cejas; tenía una nariz delgada en la frente y ya hacia el promontorio ascendía en forma de punta, como la de una bruja. Tenían unos labios pintados de un color rosado y formaban un moño gris que exhalaban como un dejo agrio. Las líneas de expresión en la parte de las mejillas estaban bastante marcadas. El ceño se le veía muy fruncido por el sol; cabellos recogido en forma de cole caballo, con unas leves patillas. Tenía un rostro apretado, casi hostil; vestía una blusa blanca, de mangas hasta un poco más abajo de los codos; un eslas negro que le llegaba hasta más arriba de los tobillos; calzaba sandalias y tenía los brazos cruzados, mientras esperaba el bus. ¡Ay, se me olvidaba, tenía bozo!

ESCUELA

La profesora se halla de pie en el antiguo salón, en la mitad de la doble hilera; boquiabiertos, ellos la miran; pero él se muerde la lengua y ella dice, ustedes no se alcanzan a imaginar lo que uno siente cuando lo abrazan fuerte, muy fuerte y suspira; él saborea su sangre; señor, señor, ¡despierte, es su turno! Sí, lo olvidaba, siéntate Juanito y ustedes, tomen nota. ¿Le sucede algo profe?, no, tan sólo ensoñaba; aquí, en este salón, en donde ahora doy clase; ella se hallaba de pie..., huy parce, al profe se le corrieron las tejas.


ILUSIONES

Flor Alba se sentó en aquel lugar, en donde antes había estado situada la vieja arteria y se puso a llorar; pero no, no era que pensara que todo tiempo pasado fuera mejor, pero lloraba al recordar su enorme trasero. Entonces habló en alta voz; sin importarle si la escuchaban los demás transeúntes.
Hay que tristeza, la vida es muy cruel, todo pasa y a mí sólo me queda este trasero enorme; mi novio me dejó, el único hombre que he amado de verdad..., pero en fin, qué le vamos a hacer; al final de cuentas una cosa he aprendido; tenemos el cuerpo que hemos construido, en él se hallan ocultas nuestras viejas pasiones y todos nuestros temores; tal vez en otra vida pueda tener un cuerpo con unas nalgas más pequeñas. Observó, pero nadie la miraba, las gentes no la veían, se colocó en medio de la calle y los carros la atravesaban; entonces llegó a la conclusión de que todos dormían y tan solo ella estaba despierta; ya que al menos se daba cuenta, era consciente de que tenía un enorme trasero.
Total, era lo único de lo cual podía sentirse orgullosa; con decisión cruzó la esquina y un hombre, un solo hombre la miró y le guiñó los ojos. Ella se puso feliz; ya que al igual que ella, él tenía unas enormes nalgas.

ELLA

El tipo entró, era alto y muy fornido; sin querer ella o vio y se detuvo a mirarle el trasero; sus ojos como las alas de una mariposa en vuelo se posaron allí.
De repente se dio cuenta que a ese tipo, había que mirarlo como si lo estuviera haciendo hacia un segundo piso y no era que ella se sintiera tan pequeñita, tan bajita.
¡No, qué va!, entonces él se volvió y al hacerlo ella se puso chiquitita, chiquitita, chiquitita.

El HOMBRE

Casi sin respiración y con los ojos brotados y la lengua amoratada; levantaba las manos como pidiendo ayuda.
Ella lo contemplaba, como si mirara desde un lejano planeta y a la vez como desde una extraña enajenación; enajenación, que sin embargo no le impedía captar la escena. Y la tierra se movía debajo de sus pies y tuvo que sostenerse del muro, que estaba situado del lado de su casa; por varios segundos tardó en reaccionar y al fin como movida por un resorte, cedió unos pasos hacia adelante y tomó la mano del hombre que le pedía ayuda; este a duras penas desató la lengua, que se le había quedado pegada y expulso la sangre que contenía adentro; es un virus dijo; han dejado caer una carga de químicos que pronto contaminara todo el planeta…
 ¿Quiénes? Dijo, pero el hombre ya se había muerto y no le fue difícil adivinar quién o quienes; la lucha por el control del mundo pensó, grandes potencias, contra grandes potencias…

  Beatriz Elena Morales Estrada Colombia © Copyright



CUENTOS AL TRASLUZ EL TABOR




FOTOGRAFÍA: BEATRIZ ELENA 

CUENTOS AL TRASLUZ
       
El  EL TABOR
              En memoria de mi hermano Darío

Ha eso de las cinco de la mañana sintió que alguien llegaba hasta su lecho, se sentaba junto a ella. Sorprendida pero no asustada, se atrevió a buscar con su mirada la presencia de aquel extraño visitante.
Pero en vano trataba de verlo, de mirarlo de frente. No obstante supo de inmediato quién era.
 Era su hermano que había muerto hacía diez  años; parecía venir desde muy lejos, se sentó de lado junto a ella y le pidió con su mente, que no lo mirara de frente. Vestía unas ropas sencillas pero limpias, su camisa era blanca de rayitas, el pantalón era de dril café claro igual a la ropa que usaba para su trabajo cuando aún estaba vivo, traía en sus manos algunas cosas,  parecían regalos, obsequios. Ella no quiso destaparlos solo quería mirarlo, mirar  a su hermano querido y trataba de hablarle, pero solo podía escuchar las palabras que este pronunciaba. Entonces en un tono de voz triste pero demasiado consiente de lo que decía le hablo así; ¡Que se va a hacer! la vida es así, no da tregua no da espera, yo ya me tengo que ir para el tabor. Ella sintió al oír esas palabras una honda pena.  Pero su hermano  permitió que lo  abrazara y que lo tocara, aunque no dejó que el abrazo fuera demasiado fuerte ni tampoco largo. Le  dijo que no hiciera demasiado ruido, ya que el muchacho de la habitación contigua podría despertarse en cualquier momento.
¿Cuál muchacho? Interrogó ella
El nada le respondió, Se limitó a levantarse despacio, lentamente de la cama, en donde estaba sentado, era una postura silenciosa, discreta, como si temiese ejecutar algún ruido fuerte o temiese algo. Lo hizo de lado, sus piernas casi juntas, sus manos sobre sus rodillas, no la quiso mirar a ella, no de frente, no quiso que ella lo viese de esa forma.
Guardo un profundo y reverente silencio, se tragó incluso los sollozos, para qué no la escuchase en el sonido de su mente,  mientras él se alejaba ya. Pero ella  aun recogía el sonido de su voz. La voz de su  resignación al pronunciar estas sencillas palabras. 
La vida no da tregua, no da espera. Yo ya me tengo que ir para el tabor.

Beatriz Elena morales Estrada © Copyright


CUENTOS AL TRASLUZ : El RESPLANDOR




CUENTOS AL TRASLUZ                       

                                                             El RESPLANDOR

           Aquel lunes festivo, lo recuerdo muy bien, Luis mi vecino y amigo, después de haber llevado a su novia a cenar y compartido con ella, regresó a su casa, era ya de noche ,su padre miraba la televisión.
Vivían juntos  desde hacía muchísimo y aunque no se entendían muy bien ya que cada uno de ellos encarnaba una generación opuesta, sí abrazaban un amor filial que hasta ahora los mantenía unidos; como su padre estaba un poco delicado de salud ,Luis compartía con él la misma habitación por si acaso, en las horas avanzadas, llegara a  necesitar  algo.
La habitación aunque no era demasiado amplia era demasiado acogedora, pero sólo disponía de una cama, en la que el padre dormía; en  el suelo Luis tendía una colchoneta que quedaba situada de forma horizontal, hacia la cabecera de su padre.
Cerca al lugar en el que Luis solía reposar, se miraba un closet de madera que lo resguardaba de la puerta y la ventana, que siempre permanecían abiertas hacia el pasillo interior de la casa, apartamento.
Después de ellos platicar algunas cosas dentro de las cuales discutieron, decidieron irse a la cama.
A decir verdad Luis estaba exhausto, rendido; hizo su cama, le suministró algunas medicinas  a su padre, luego se cobijó en silencio. Solo le basto tenderse a lo largo para quedarse dormido.
En la otra habitación, yo contemplaba desde mi ventana abierta la vegetación oscura y verde, que se extendía desde afuera hacia adentro, como si los árboles plantados, nostálgicos y tris tongos, evocaran quién sabe qué concilio de los dioses y de los pájaros nocturnos, que plañideros, susurraban con sus voces ,melodías que se alargaban desde las copas de los árboles, desde la punta de las alas de las aves, desde el centro del ombligo de la tierra  y del cielo, desde la misma hondura de la arena y del mar, melodías que se insinuaban sutiles e insutiles, de la noche al día, de la sombra a la luz ; mientras en la extensión que mediaba las distancias y que separaba unos seres de otros ,las ondas de las almas y de las cosas, se entrecruzaban por una hendidura del techo de la luna, cómplice ella de los amores imposibles y lejanos.
Algo en el viento, en la corporeidad de la noche, tendía en la distancia hacia la unidad incesante, de todo aquello que corre y descorre el largo devenir  del río de las cosas.
Puse mi viejo radio, ya apagado encima de la mesita de noche y me sumí en un profundo silencio.
Los pies de Luis bajo las cobijas , lindaban con la cabeza de su padre y fue así como en el silencio del tiempo que habita el sueño y en el abrigo, en el calor que cubre, sintió que alguien se allegaba junto a él,  con un  resplandor blanco, como si alguna alma se hubiese desprendido de su cuerpo, como si una boca hubiese exhalado su aliento profundo para ir atravesando la noche , en busca de algo, de un  alguien , como si una vida se agitara en la desesperanza, de la esperanza de aquella otra que se hallaba tendida ,refugiada al calor de su cuerpo.
Él sintió que una energía, alguien se encontraba recostada al closet de madera, a su lado derecho, mirando hacia la cama de su padre, aunque parecía desconcertada; él, abrió el ojo de su mente y la vio bajo esa forma, entonces pensó: Dios mío va a atacar a mi padre, debo protegerlo.

De inmediato ese resplandor  o ese algo traslúcido, se volvió hacia él, tal y como lo haría una persona concreta, cuando esta al lado de otra.
Ella de una manera tímida y prudente se volvió hacia él, era tan fuerte e intensa la vibración de esa presencia que su vientre se movió, emocionado.
Con la respiración entrecortada, agitado todo su pecho y en la incógnita por saber, le pregunto ¿Es usted una maga negra? ella entonces respondió; no, al mismo tiempo que se desplazaba hacia un rincón de su costado izquierdo.
Él persistió pero a duras penas lograba mantenerse consciente: ¿Cuál es su nombre? ella dijo Mara ¿acaso piensa usted hacerme salir en astral? No, claro que no.
Se dio entonces un silencio en la mente de ambos, porque ambos callaron, sólo las almas vibraron entrelazadas  dentro del mudo y secreto lenguaje el amor que todo lo puede.
Durante el día Luis ejercía sus labores cotidianas, pero en las noches meditaba tenazmente, ¿Quién sería aquella qué a su corazón se plegaba  tan hondamente? Cerraba sus ojos y repasaba mentalmente los rostros de las mujeres que conocía, se detenía largamente en cada una de ellas, apretaba con más fuerza sus ojos y se concentraba en su corazón, aunque sentía  sensaciones agradables, ninguna de ellas tenía la fuerza interna del resplandor; es decir del alma de Mara.
Duró cinco días intentando saber con certeza, cuál podría ser el origen de aquel resplandor, de aquella luz.
Aunque su corazón, su sentimiento interno, ya lo sabía, necesitaba más pruebas, es decir quería negarse a sí mismo, que aquella que despertó sentimientos tan bellos en él , había retornado por entre una hendidura del laberinto de las cosas para rehacer con su aliento aquello que una vez había destrozado,  no lo podía creer.

Aquel sábado en la madrugada, después de aquel grato encuentro; como a eso de las cinco  pasadas, alcanzó a ver algo así como un demonio rojo, que cruzó por encima de su cara; el demonio al parecer con el deseo de atormentarlo, arroja sal en el centro de su pecho, instantáneamente el dolor de un amor perdido se removió en su corazón; aquello ocurría detrás  del tiempo y después del aparente olvido sin olvido.

Entonces se  sintió  aprisionado dentro de las paredes íntimas de su mente. Se escuchó a sí mismo gritando, gritando con todas sus fuerzas, aquel nombre prohibido, aquel nombre secreto guardado en la profundidad de su ser.
Se despertó presa de una angustia indescriptible y con el rostro bañado en lágrimas.

Desde el silencio de mi propia horizontalidad aquella que no obstante me empujaba hacia arriba, como si fuera un pequeño arbolito de pino, intentando oler, aspirar el aroma de los cielos, me sumergía en la hondonada de las almas e  intentaba comprender a Luis; a veces me parecía a mí que él permanecía dentro de la intemporalidad  y que esta se traducía en varias  cosas; la muerte, el amor, la ausencia, la vida siendo ella,  una misma y sola cosa.
Pienso además, que esa intemporalidad era lo que garantizaba la permanencia de Luis en su ascenso y descenso de la existencia.

Pese a la abrumadora instancia de lo cotidiano, Luis se las arreglaba para hallar su incorporeidad a través del ensueño, de la vida y de su espíritu férreo. Cavilar sobre lo sutil y lo  insutil, es a su vez regresar a aquello que es compacto, conciso.
Pero volvamos a Luis ¿Era acaso él, un loco que se inventaba sus propios sueños para no morir? Se había inventado aquella rara , pero dulce historia de amor, con ese resplandor, que para este, no era otra cosas que el alma de mara, el amor de ella que ahora regresaba a buscarlo.
A Luis la muerte, lo seguía de cerquita y justo ahora que parecía encontrarse en el mejor momento de su vida, su sombra  había vuelto a aparecer, justo ahora que quería volver a ver a Mara.

Aunque Luis había conocido a Mara, hacía más o menos unos cinco años atrás no la había vuelto a ver desde aquella tarde, eso fue un viernes, se presentó en su oficina, deseoso de verla y de platicar con ella; pero con una actitud contraria a la que siempre había tenido, lo trató de un modo, despectivo, tajante; cosa que hizo que se sintiera completamente mal, tanto que huyo de allí para no volver.

Estudiaba ciencias de la comunicación en la universidad de Pensilvania; Mara era una de sus profesoras y por esas cosas secretas e inusitadas que los hilos, las fibras más íntimas e intensas  mueven en los seres ,se dio entre ellos una especial simpatía, mejor dicho desde que Luis conoció a Mara, se sintió profundamente atraído y aunque ella no le correspondía abiertamente sí lo hacía de una manera un poco recatada; claro que esto se daba porque estaba muy comprometida, aunque eso no fue obstáculo para que Luis la frecuentara, de hecho fue muy sincera con él. Le contó que muy pronto contraería nupcias con un hombre que hacía mucho tiempo conocía.
        Solía llevarle flores, orquídeas, astromelias  que eran las que más le gustaban, cuando le tocaba hacer trabajos sobre periodismo se los presentaba y aprovechaba para escribirle poemas, cosas de amor. En el salón de clases sus miradas se buscaban y aún, aún después de que ella se casara.
Yo no sabría decir cuántos semestres estuvieron juntos en ese juego de profesora -alumno; al final, creo que ya Luis se percata de que no podía seguir alargando sus días en la universidad, pues era ya tiempo de terminar su carrera. Empero una que otra vez se daba la pasadita por el aula de clases, tan sólo para verla.
Ella también le respondía haciendo resaltar la opinión de él, en algunos asuntos de los cuales trataban.

Y al parecer logró olvidarla, después de aquello regresó a su país para lograr la manera de ejercer su profesión; fue cuando conoció a María y se casó con ella, hasta que esta mujer lo abandono por otro amor.
A Luis se lo había llevado la noche de un día cualquiera, por entre pliegues de un amanecer en que nunca se supo más de él.
Sólo su padre y yo vimos el resplandor blanco que se le salió de su cuerpo, era su alma viajera que se había escapado para nunca más volver.

Sé que a Luis no le habría gustado saber que yo he leído su cuaderno y que he hurgado cosas que no me pertenecen  pero es que a fuerza de mirar las paredes blancas de este cuarto y sentir la presencia suya a donde quiera que vaya, me he vuelto como él.
Después de aquel lunes festivo, notamos un cambio, veíamos  que  a toda hora, se encerraba en su cuarto, se  pasaba largas horas escribiendo, su novia lo extrañaba, la actual, la después de María,  pero este parecía no darse cuenta.
Aunque sabíamos que la quería, lo que paso es que, le dio la pensadera por Mara y ya Mara no lo abandona  nunca más; desde que ella lo visito, la noche del lunes, en forma de resplandor, la veía, la sentía, le parecía que ella lo
 Llamaba  y que siempre andaba detrás, a sus espaldas. A veces hasta llego a pensar que  había muerto.

Leyendo en su cuaderno me encontré con este fragmento; Pero hoy perdóname si estas letras han roto el pacto secreto, con el que tú querías recubrir aquella secreta fuente de amor...
Pero es que eres tú tan culpable como yo; tú por atreverte a remover con todo tú ser el alma mía y por querer escribir con tinta roja tu nombre junto a un costado de mi cuerpo; y  yo  por hacer público tu nombre secreto en mí cuaderno.

No se aguanto más, un día decidió hacer un viaje, empacó sus maletas y se fue para el exterior.
Fue a buscarla pero no la encontró, las gentes que habían eran todas diferentes; resignado decidió regresarse, pues habían pasado tres meses.
Un día un poco antes  de volver, le tocó hacer una vuelta urgente; caminaba  despacio con el rostro hundido entre las sienes , cuando de repente la vio, estaba dentro de un almacén, sus pies se le pegaron en el suelo,  quiso moverse, pero no pudo , tenía el cuerpo paralizado.
Ella del otro lado, aún no lo había visto, pero al volver su cara, sus ojos brillantes lo descubrieron; instintivamente se llevó su mano derecha hasta su corazón, se quedó un momento detenida, pero luego avanzó hacia Luís con rapidez, sus pies como dos alas volaban.
Habían esperado tanto, tanto para ese nuevo encuentro, querían abrazarse, pero no podían. ¡Ah! y ese tonto de Luis que no encontró palabras para  dirigirle, porque la lengua se le trabó.
Se miraron sin hablar, hasta que ella dijo; Qué hubo Luis, volvió; ¿quiero decir volvió a estudiar de nuevo en esta ciudad?   
Él estrechó la mano de ella, tan suave, tan cálida, sintió el calor de su cuerpo en el abrazo de esa mano amada y se alejó sin decirle, nada, sin preguntarle nada. ¿Por qué?
Lo último que recuerdo de este, son sus dientes y esa mirada en la claridad de sus ojos, que un día de primavera e invierno se detuvo  en un rincón del cielo y de la tierra; sin duda ahora se encuentra explorando la cercanía del mar con la bóveda celeste y allí, en el lugar donde se encuentra su pecho, Mara se agita con resplandores del fuego de la luna y de las estrellas.

He dejado mi viejo cuaderno y me he puesto a fumar. Afuera, desde mi ventana, veo cómo los pájaros y las aves se elevan  en su vuelo callado; pero hay tanto silencio que he alcanzado a escuchar el sonido de sus alas al rozarse  con el aire.
Pensar que unas alas tan en apariencias leves, frágiles  posean tanta fuerza en la punta de sus alas...
El teléfono suena y suena, pero nadie lo quiere contestar; ni siquiera podríamos decir que es la novia de Luis y además para que contestar y qué decirle a las gentes, sí ya él, se perdió en la lejanía de las cosas que ya no regresarán jamás.

Beatriz Elena morales Estrada © Copyright

martes, 15 de enero de 2019

CUENTOS AL TRASLUZ : ANAYA









                                                         ANAYA

La doctora,  era una mujer vigorosa  y juvenil; después de una hora de espera, quizá menos;   nos mandó entrar  al consultorio , una vez que nos  sentamos    y después de  cruzar algunas palabras, una que otra  pregunta,   le pidió  a ella,   que hiciera  un dibujo,   lo que  quisiera ; así  que esta,   dibujó a  un mujer   vestida  de novia  y a punto de casarse  y  con un ramo de flores,  entre  sus manos. 
Todo el tiempo,  ella  estuvo mirando,  la mano de  Anaya ,  que se deslizaba,  sobre la hoja   en blanco  y de cómo, comenzaba  a darle forma a una  figura;    la miraba asombrada, lela   y cuando por fin   termino y  le entregó su obra de arte; orgullosa y Feliz;      tomó  la doctora,  el dibujo   entre sus manos y su rostro,  cambió  por completo; casi demuda expresó;    yo me caso,  dentro de ocho días ¿ Y ella como sabía eso?
 La mire y sonreí, hasta quizá,  me encogí  de  hombros;  Hum, si no sabe usted  que es la psiquiatra, menos yo ;  argumente ,  mientras Anaya,  solo sonreía, orgullosa, esperando una respuesta positiva y cálida de la doctora, algo que la hiciera,   sentir amada,  requerida, reconocida , un gesto amable ,  una palmadita en el hombro ,  que la   hiciera  sentir valorada, estimulada; en fin…
 Pero lejos de eso;  la doctora,   prácticamente,   nos hecho  de su consultorio; no con palabras soeces,  sino con sus gestos  y actitud   y a partir de ese instante,  no quiso nunca más,  volver  a atendernos.
  No quiso asumir,  que una persona como  Anaya,  que no  estaba, supuestamente  en toda su capacidad  mental;   podía saber mucho más,  de   ella    como psiquiatra,  que  ella ,  de su paciente .
   El caso,  es que,  también,  pudiera  ser,  una sencilla coincidencia o más simple aun,  que Anaya,  estuviera expresando,  su deseo inconsciente de realizarse  como mujer, de casarse, tener hijos ,  en fin.
¿Pero porque la psiquiatra  lo asumió como algo personal? 
 Talvez percibió alguna conexión  entre ellas,  desde entonces Anaya jamás, óiganlo  bien jamás volvió  a dibujar  nada.

Beatriz Elena Morales Estrada© Copyright